La Escuela N° 80 de Sauce de Solís, en Canelones, recibió en su primer día de clase a seis niños, que viven en el área rural del departamento, donde aprenden, juegan e intercambian. Con 94 años de existencia, este centro educativo es uno de los pilares fundamentales de la comunidad.

Fuente: ANEP

El centro educativo rural está ubicado a 6 kilómetros de la Ruta 8, a 10 kilómetros de Solís de Mataojo y del pueblo Montes, en la zona de Sauce de Solís, en el departamento de Canelones. Allí asisten a clase Oliver, Eugenia, Adriana, Juan, Sergio y Thiago, quienes son recibidos a diario por la Maestra Directora Melina Darriulat.

En la escuela también trabaja, desde hace 22 años, Julia Luz Guillén, quien se desempeña como auxiliar de servicio. Luz –como todos le dicen- asistió a esta escuela cuando era una niña, ya que vive a 5 kilómetros, en el campo.

El centro educativo se fundó el 6 de setiembre de 1925 en una casa lindera, que se dejó de utilizar cuando un vecino donó el terreno actual en la década de los cuarenta.

El predio de la escuela es amplio y abierto hacia el horizonte, pero también bastante solitario. Una pequeña capilla, la mayoría del tiempo deshabitada, y la casa de al lado donde vive una pareja de ancianos, son el único contacto con otras personas. El terreno tiene juegos de madera, hamacas, bancos y detrás de la escuela hay una pequeña huerta en la que los niños plantan frutas y verduras durante el año.

Las clases se extienden desde las 10 de la mañana hasta las 15 horas. El almuerzo precede al recreo y luego retornan al aula hasta el final de la jornada.

Darriulat tiene 26 años y este es su segundo año en esta escuela, que prefiere en comparación con las urbanas, principalmente por el trato más estrecho que se genera con los niños, sus padres y con la comunidad. “Esta es una gran familia porque acá nos llevamos muy bien, conversamos y nos apoyamos entre todos”.

Este año, Melina recibió a un niño con parálisis cerebral, que también asiste a la Escuela Especial de Minas. Juan concurre a esta escuela dos días por semana y durante dos horas y media en el marco de una adaptación.

El vínculo con la comunidad

“Hacemos muchas jornadas con los padres para vincularlos. El año pasado recibimos mucho apoyo de parte de la Federación de los Obreros de la Bebida, quienes impulsaron actividades con la familia. También organizamos jornadas con otras escuelas rurales que se llama ‘Raíces rurales’, en las que una vez al mes los niños tienen contacto con otros niños de otras escuelas. Un colegio de Punta del Este también nos visita periódicamente”, contó.

Tiempo atrás, esta escuela tenía una concurrencia mucho mayor que rondaba los 60 alumnos, cuando existía la empresa Rausa Montes, una fábrica de remolacha azucarera. “Cuando cerró la gente comenzó a emigrar a las zonas más pobladas y la matrícula descendió notoriamente”, contó la Maestra.

“La escuela rural es una familia. Es el centro, es la comunidad, lo que los identifica. Para ellos es lo único que hay en la zona, por ello tratamos de promover que continúen con los estudios, que vayan al liceo, que hagan talleres, que no se queden solo acá. Muchas veces estos niños trabajan fuera de horario y queremos expandir esa idea de que no solo se queden trabajando en el campo, tratar de mostrarles de que hay otras oportunidades fuera de aquí”, manifestó.